MAL LICUADO

MAL LICUADO

“Fueron segundos nomás. El sonido de la explosión fue lo primero y lo segundo fue una señora que pasó volando por arriba mío. Iba bien agarrada de la manija del asiento y capaz que eso me salvó de volar como ella. Igual, los que venían atrás mio parados me arrastraron hacía adelante. Terminé con gente arriba y abajo mío. No podía respirar y los gritos eran infernales. Lo primero es que me empece a mojar sin saber si era mío y que líquido era el que me mojaba. No me podía mover. Estaba como prensada con otras personas. ¿El líquido? Era sangre; mía y de los demás. Pero no podía tocarme para ver si era mía y de donde me salía. Más que el dolor lo que me desesperaba era no poder salir. No pensaba si estaba entera o no. Solo quería salir como sea. Todo era un griterío infernal. Recuerdo a un bombero. Me dijo que se llamaba Ángel. El me sacó con otro más. Dice que tardó solo quince minutos, pero a mi me pareció un siglo. Mucha gente ya ni se movía ni hablaba, para mi estaban muertos… En la camilla me inmovilizaron y lo primero que vi fue una nube con una forma como de corazón. ”

(testimonio de Annie para Noticiario Sur –como siempre gracias Carlos-)

¿Qué más se puede decir que no se haya dicho, escrito o pensado?

Foto: Ángel Poidomani

Todos tenemos algo para decir aunque no haga falta. Todos somos hábiles declarantes. Los que ignoraron la tragedia antes, como los que la previnieron después. Los que la estaban esperando y los que pudieron evitarla. Los carroñeros políticos y sus primos mediáticos que perturbarán por largo rato los espíritus de los pasajeros (todo suma). Los inservibles horóscopos en sus rectangulitos de papel prensa que no publicaron esa mañana “mal día para viajar”. Los que refunfuñaron para salir de la cama caliente y fueron empujados por padres, madres, maridos, esposas, tíos, tías, hermanos, hermanas, novios, novias, perros y gatos (levantáte que no podes llegar tarde). Los jugadores de quiniela en busca de las tres cifras salvadoras con el número de la formación, la hora del choque o el número de víctimas. Los que murieron con el DNI pungueado a otro prójimo. El panchero finado después de cambiar el agua como nunca hacen sus colegas. Los abogados “accidentalistas” conformando tropas de clientes con cobro seguro y los clientes que no estuvieron ni cerca de la estación. Los estadísticos y sus números candentes. Los economistas y sus números decadentes. Los vendedores de  ánforas y urnas para cenizas. Los compradores de porquerías chinas y los vendedores de ilusiones truncas. Los pastores y los postores. Los impostores y los inoportunos. Los héroes anónimos y los cobardes públicos. Los editores de videoclips y los vendedores de celulares.  Los mártires que ya fueron y los que lo serán por la rehabilitación que la salud pública y las obras sociales les denegarán. Los gremialistas que no viajan en tren porque nunca serán trabajadores y los agremiados que viajaban en este tren y ya no serán trabajadores. Los viudos, los huérfanos, los ausentes. El brazo que hoy le falta al guitarrista casual y pintor de obra. Las piernas de ese mal número cinco. La mano diestra de la peinadora y el ojo verde de la niña bonita que ya no tendrá buena presencia para su shoping. Las mesas sin él y las camas sin ella. Los subsidiadores (y suicidadores). Los que entran urgidos por las ventanas rotas del tren y los que salen atemorizados por las puertas de blindex de la empresa prestataria del servicio que daba el tren.

En la cima de la vergüenza la clase política: de la presidenta para abajo. De un lado y del otro. Desconocen la tragedia. Cada día trabajan más y más duro para que a ellos no les pase. Ellos solo mueren en la cama. No son gente de sufrir vulgares accidentes. Ni tsunamis, ni terremotos, ni trenes, ni autos, ni aviones. Ellos están siempre a salvo. Será nomás que el infierno no acepta mártires.

Todo así, como un mal licuado de banana pasada y leche podrida. Eso: un mal licuado.

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